La vía

Publicado: 27 noviembre, 2007 en De sentimientos, Relatos
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Lo encontré sumido en su mundo en lo alto de la colina, allí donde se puede ver la vía del tren perderse en la lejanía.

Estaba como ausente, acurrucado entre sus rodillas, con la vista puesta en el infinito.

Me senté a su lado y en ese momento me percibió.

–        ¡Estás aquí!

–         Sí. He venido a buscarte y ha hacerte un poco de compañía.

Me miró durante unos instantes y luego volvió a perderse en sus pensamientos.

–        ¿Qué haces aquí?

No contestó de inicio. Tardó unos segundos en responder. Pensé que ni siquiera lo iba a hacer.

–        Estoy mirando la vía. ¿Sabes que por esta vía pasó su tren?

Lo sabía. Muchas veces al pasar cerca de este lugar también lo había pensado.

–        Sí. ¿A dónde quieres ir a llegar diciendo eso?

–        No tenía que haberla dejado coger ese tren. Ahora ya no puede volver. Nunca volverá. Fue por mi culpa. Si yo hubiera hecho las cosas de otra forma nunca hubiera cogido ese tren.

–        Hiciste lo que pensaste que era mejor. No te martirices más. No fue culpa tuya. Ya ha pasado mucho tiempo, tienes que pasar página.

–        Puede que vuelva a cometer el mismo error.

–        Lo dudo. No eres de esa clase de persona.

–        ¿De qué clase soy?

–        Eres de la clase de persona que aprende de sus fallos, eres una persona inteligente, una persona que se supera.

–        Sí, me supero…

–        Sí, lo haces.

–        Sin embargo, si soy de esas personas ¿Por qué ésta soledad? ¡Te das cuenta! Por una vez que hay alguien que me entiende con sólo mirarme, la pierdo.

–        Habrá más personas. Lo sabes.

–        Sí. Las hay. Hay otra.

–        ¿De quién hablas?

–        De alguien que conozco. Pero no ve “así”, no me ve como ella.

–        Tienes que recordar que ha ella también le llevo su tiempo. Tienes que tener fe en ti.

–        Fe… bonita palabra, difícil esperanza.

–        Escúchame. ¡Lucha!

–        Sí, lucho. Lucho demasiado. Siempre estoy luchando. Parece que nado siempre contracorriente. Estoy cansado. Estoy solo.

–        Lo sé. Pero no estás solo. Hay muchos que estamos a tu lado.

Levantó sus ojos hacia mí. Vio la verdad y la agradeció con sus ojos. No hicieron falta palabras. Sus lágrimas fueron suficientes.

–        Escucha. Vente conmigo. Vamos a otro lugar. El tren que tú esperas no pasa por esta vía. El que pasó por aquí ya nunca volverá a transitar por estas vías.

La vía

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